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jueves, 10 de marzo de 2011

"Los niños llegan cada vez más emocionalmente dañados al colegio"

Entrevista con Claudio Naranjo, psiquiatra chileno, autor de "Sanar la civilización".

"La educación actual cuenta con una agenda implícita
que requiere que los niños sean igualitos a los papás, cuando los papás son el problema.
Decimos que la educación es para transmitir nuestros valores
y no nos damos cuenta de que estamos transmitiendo nuestras plagas."


Claudio Naranjo estudió medicina, psiquiatría y música y acabó convirtiéndose en un referente mundial en la investigación de la mente humana. Integrador de la sabiduría tradicional y científica, oriental y occidental, y el conocimiento histórico, antropológico, sociológico, psicológico y espiritual del ser humano. Creador del programa SAT, en principio dirigido a profesionales de la psicoterapia y derivado en un programa de transformación individual y social para uso personal y en el ámbito educativo. Autor de más de 20 libros, traducidos a varios idiomas.

"La única salida a esta crisis es la transformación interior":

La crisis actual ha tambaleado muchos cimientos del sistema y ha acabado revelando algunas de sus muchas fisuras. El comunismo se hundió por sus fallos de funcionamiento pero el capitalismo no parece salir mejor parado. Llevamos siglos cambiando gobiernos, haciendo revoluciones políticas y sociales pero nunca llegamos a buen puerto quizás porque nos olvidamos de las transformaciones más básicas y elementales que tienen lugar en la revolución personal.

Tenemos el mundo que tenemos por el tipo de conciencia que se desarrolla a través de la educación, según Claudio Naranjo. Y si queremos salir de verdad de esta crisis económica, social y humana hemos de superar el ego individualista e iniciar una auténtica transformación interior.

¿La civilización está enferma? ¿De qué?

El mal de la civilización es la mente patriarcal. Y no me refiero sólo a la sociedad patriarcal que hace que los machos predominen sobre las mujeres y tengan un acceso más fácil al poder y a la economía. Me refiero a una forma de mentalidad que actualmente ya todos compartimos, hombres, mujeres y niños, contaminados por el mismo virus.

¿A qué nos referimos exactamente, con esa "mentalidad patriarcal"?

A una pasión por la autoridad. Por el ego, el ego patrístico, un complejo de violencia, desmesura, voracidad, conciencia insular y egoísta, insensibilidad y pérdida de contacto con una identidad más profunda.

Hay quien cree que todo esto forma parte de la naturaleza humana y que siempre ha sido así.

Pues no. Hay indicios de la existencia de un pasado matrístico, y aún hoy existen algunas sociedades indígenas de estas características que no funcionan en absoluto con estas directrices y valores que conocemos en la civilización. Esta mente, lejos de ser inherentemente humana, en realidad empezó a gestarse hace sólo unos 6.000 años, cuando, ante una crisis de supervivencia, ciertas poblaciones agrícolas arcaicas indouropeas y semitas tuvieron que volver a hacerse nómadas y acabaron convirtiéndose en comunidades de guerreros depredadores.

¿Y cómo se manifiesta esta mente patriarcal?

En unas relaciones de dominio-sumisión y de paternalismo-dependencia, que interfieren en la capacidad de establecer vínculos adultos solidarios y fraternales. El cerebro patriarcal-racional llama a la competencia, mientras que el femenino llama a la cooperación. Esta dependencia y obediencia compulsiva (a los gobiernos y al poder en general) no sólo son enajenadoras para el individuo sino que constituyen distorsiones, falsificaciones y caricaturas del amor.

Pero las cosas pueden ser de otra manera. Usted dice que, en realidad, somos seres "tricerebrados".

Efectivamente. En un lenguaje anatómico, poseemos un cerebro instintivo, que compartimos con todos los reptiles; emocional, como el resto de los mamíferos, y el racional, que es el último que se ha desarrollado y, sin embargo, ha acabado imponiéndose a los otros dos. Es como si en nuestro interior lleváramos a tres personas: una de tipo intelectual-normativo, que sería el padre; una persona emocional, que representa el principio del amor, que es la madre, y una instintiva, que sería el niño. Pues bien, en la sociedad actual, lo que denominamos la civilización, predomina el cerebro racional y tiene lugar el imperialismo de la razón sobre lo emocional y lo instintivo.

Pero esta razón que impera, ¿es realmente racional o más bien irracional?

Ahí has dado en el clavo, porque en realidad no es racional ni inteligente, desde el punto de vista de los resultados en el bienestar social y personal. Ha corrompido conceptos como la inteligencia, la eficacia o la racionalidad misma. Es una mente rígida, aislada, autoritaria y normativa que busca resultados y ganancias a corto plazo, pero ganancias desde el punto de vista competitivo, materialista o consumista, no en cuanto al bienestar profundo, desarrollo personal o convivencia con el medio. Y, en consecuencia, toda la educación está sujeta a este paradigma racionalista.

Que se manifiesta en.

En considerar la educación un mero traspaso de información, alejado de objetivos como el autoconocimiento, que debería ser prioritario. Y así vemos cosas en la escuela como que un niño o una niña llora y le llaman la atención.

Y si se ríe le echan de clase.

Las emociones están prohibidas. Y lo instintivo aún más. Y sin embargo, para que la persona esté sana en una sociedad sana sería preciso el equilibrio entre los tres cerebros. Armonizar los binomios competencia/colaboración, agresión/ternura. Desarrollar una sana agresión en vez de la agresividad depredadora imperante. Y sobre todo desarrollar la capacidad amatoria, la ternura.

¿Estamos en el camino? Usted habla del ocaso del patriarcado.

Por una parte, vemos que el autoritarismo en las familias disminuye y también el de los gobiernos. Pero han cogido el poder las empresas y su control en la sombra es enorme. Pero quizás sí, podemos decir que la nave se está hundiendo pero la gente está más ocupada en mantener el estatus que en salvarse; en defender lo poco que les queda, aunque se haya visto lo poco que vale, que en la transformación, en dejarlo todo y empezar a construir de cero.

Por eso insiste usted tanto en la importancia de la educación.

Claro, porque es más fácil prevenir que curar. Hemos de prevenir la destrucción de la mente. La educación actual cuenta con una agenda implícita que requiere que los niños sean igualitos a los papás, cuando los papás son el problema. Decimos que la educación es para transmitir nuestros valores y no nos damos cuenta de que estamos transmitiendo nuestras plagas.

¿Y esto es responsabilidad de la escuela, de la familia, de los medios?

De las autoridades en todos estos ámbitos, desde los profesores quemados hasta la misma opinión pública. Los padres aspiran a que sus hijos triunfen en este mundo de competencia económica, no importa que también sea un mundo de pobreza creciente mientras que no les toque a ellos. Prefieren la educación que sirve como una máquina de certificación. No les interesa educar sino servir al mundo del trabajo. Insisten en que desean el bien de los hijos pero en realidad no les interesa el bien de los hijos más que como eficacia en los negocios. Tenemos el mundo que tenemos por el tipo de conciencia que se desarrolla a través de la educación, que es una educación implícitamente explotadora.

Es usted muy crítico con la educación y muy en especial con los educadores.

Porque no considero educación el mero traspaso de información, como una forma más de producción, de formación y explotación de nuevos trabajadores, que es en lo que consiste la escuela actual. Debemos volver a las raíces de la educación como autoconocimiento, en la búsqueda de ese "conócete a ti mismo" de Sócrates. Al autoconocimiento transformador que posibilite el cambio.

Sin embargo, hay algunas iniciativas educativas diferentes, como por ejemplo las escuelas internacionales de Krishnamurti.

Sí, pero aún esas escuelas llegan hasta el debate, y eso está bien, porque por lo menos te da la oportunidad de aprender a pensar por ti mismo. Pero el debate en sí no transforma nada. Hay que integrar procesos de autoconocimiento transformador.

La transformación individual para transformar y sanar la civilización.

No hay cambio posible sin pasar por el autoconocimiento individual. Siglos y siglos de cambios sociales y políticos han fracasado porque han pasado por alto el cambio de las personas. Sólo podemos sanar el tejido a través de las células, las personas. Y para eso tenemos que sembrar la semilla en la escuela. Pero ha de ser una nueva escuela que tenga en cuenta los tres aspectos de las personas: el conocimiento, la salud amorosa y la salud instintiva.

Suena diferente.

Pero necesario, si queremos transformar las cosas de verdad. El otro día me invitaron a dar una conferencia en una universidad, y antes de empezar me pidieron que evitara los temas espirituales y los psicológicos y me limitara a la pedagogía. Chocante. La educación se resiste a integrar lo transcendental-espiritual y lo terapéutico y sigue considerándolo un campo ajeno porque, de lo contrario, complicaría las cosas. Y es cierto, las complicaría un poco, porque significaría permitir que las personas piensen por sí mismas. Así que no se asume el riesgo. Claro que no se calcula el precio.

¿Y cuál es el precio?

La infelicidad colectiva.

¿Y qué podemos hacer?

En primer lugar, reconocer que es un hecho que los niños llegan cada vez más emocionalmente dañados al colegio. En muchos casos los padres están ausentes de la educación de los hijos. Escasea el tiempo libre y casi no se disfruta del ocio, y mucho menos compartido en familia. Y sin embargo, el ocio está ligado al crecimiento y al espíritu, ya que te ofrece la oportunidad de estar contigo mismo.

¿Qué más?

Reconocemos también que están faltos de amor y de esa parte del saber, no científico, la sabiduría que nos permite tomar buenas decisiones en la vida. Decisiones que nos conduzcan de verdad a ser más felices.

¿La escuela tiene que ocuparse de todo esto?

Sí, la escuela tiene que incorporar ese aspecto humanizante. Revelar la insatisfacción latente y canalizarla. No sólo para sacar a flote este sistema económico en crisis sino por el coste personal y de sufrimiento.

¿A qué se refiere con revelar la insatisfacción?

Porque detrás de toda búsqueda hay una insatisfacción y si queremos iniciar una búsqueda personal hacia el autoconocimiento y la transformación debemos ser conscientes primero de que este estado de cosas no nos satisface. La insatisfacción está ahí, bien latente y bien visible, lo que pasa es que el consumismo nos da respuestas del tipo: cómprate un coche mejor, cambia de casa, de ciudad, de pareja, de trabajo. Pero no vale la respuesta del consumismo porque la insatisfacción, así, no sólo no se resuelve sino que acabamos haciéndonos adictos a ella, que en realidad es lo que necesita el sistema: que seamos unos obedientes consumistas insatisfechos crónicos. Necesitamos respuestas más profundas que nos lleven a hacer cambios significativos.

Tengo la impresión que tanto en la escuela como en la familia no siempre está bien vista la búsqueda ni la insatisfacción.

Y así es. Porque nuestra cultura no reconoce la búsqueda como un valor sino como un síntoma. Sólo se admite si está en el camino de la ambición profesional, pero si es algo indefinido, que es como tiene que ser la búsqueda en estado puro, enseguida se etiqueta. Dicen "qué persona tan inquieta", y se la ve rara. Si además es muy apasionada, la búsqueda no comprendida ni apoyada se hace dolorosa y acaba en la consulta del psiquiatra. Cabe la posibilidad de que se acabe interpretando como un síntoma esquizofrénico, angustia, etc., cuando en realidad no es más que la insatisfacción natural ante la vida alienada, separada y desestructurada que llevamos.

¿De qué manera podemos actuar desde la familia?

Lo máximo que pueden hacer los padres por sus hijos es ocuparse de su propio desarrollo personal. Que el padre y la madre se desarrollen como personas y sean el ejemplo. Que no aspiren solo a que el hijo o la hija traigan buenas notas a casa. Que tomen conciencia de todo eso que está faltando en la educación y parece que nadie lo nota.

sábado, 13 de marzo de 2010

Cristina y su luminoso oficio de partera

Por Valeria Valencia/corresponsal
San Cristóbal, Chiapas, 2 oct 08 (CIMAC).- Acompañar el momento de parir y nacer, de consolar en medio del dolor, de animar en la cúspide del sufrimiento, ha sido la labor de las parteras, mujeres iluminadas. Es justo lo que por miles de años han hecho: no dejar solas a las que paren, ser cómplices de nuestros secretos, ayudarnos a descarnar el alma para dejar nacer, al final, a la mujer libre que somos.
Cristina Alonso Lord es partera. Gracias a ella, muchas mujeres hemos re nacido y parido en amor. Por su acompañamiento durante el embarazo y parto, hemos tenido partos grandiosos e inolvidables. Más que misionera, me parece una sacerdotisa. Sus manos y sus palabras están llenas de luz. Su pequeña figura da una confianza gigante. Quizá sea la seguridad de su voz, la determinación de sus palabras o la calidez de su mirada azul.
De tierras lejanas, Cristina llegó a Chiapas con la inquietud de aprender de las parteras tradicionales. Había bebido ya de la sabiduría de las guatemaltecas luego de haber concluido su carrera en antropología con especialidad en antropología médica en Estados Unidos.
Desde entonces, se interesó en la salud de la mujer y en temas como aborto y muerte materna. La salud de la mujer le preocupaba porque, dice, "los marcos culturales de comportamiento femenino definen cómo va a ser la salud de la mujer".
Platicamos en el confortable cuarto, adornado con coloridos cuadros de lunas, donde atiende a las mujeres embarazadas. Sólo hay dos sillas y una cama. No existe el clásico consultorio con una computadora desde donde, de reojo, la doctora atiende.
"NO ELEGÍ SER PARTERA"
Ella no eligió ser partera, confiesa, fueron las madres las que la eligieron al pedirle acompañar sus partos. "Se me hacía un trabajo bastante aburrido, nefasto en términos de horarios porque estás a merced de las fuerzas naturales y no es un horario muy saludable".
Luego de su estancia en Guatemala "quise venir a México para aprender de las parteras y estuve seis meses en el Hospital Materno de Casa, que pertenece a la escuela de partería de San Miguel de Allende". Durante ese tiempo se planteó la idea de trabajar en un hospital, puesto que en Europa y Estados Unidos es común que las parteras trabajen en hospitales.
"Aprendí mucho técnicamente, pero decidí que yo no era de hospital por la falta de relación personal con las mujeres, no me acuerdo de sus nombres ni de los bebés, y eso me chocaba un poco".
Luego en EU estudió una maestría en salud pública y contactó con una partera que atendía en casa en Nueva Orleáns y trabajó con ella desde el oeste de Texas hasta Florida. "En esa parte hay pocas parteras y teníamos mucho trabajo. Para mí era una curiosidad".
Fue cuando conoció a una pareja que por una mala experiencia previa deseaba parir en casa y le pidieron a ella los acompañara. El parto fue una experiencia fuerte porque el bebé se trabó de los hombros. "En el hospital había atendido tres casos así y por ello pude salvar el caso. La experiencia fue muy fuerte para todos. Yo supe que si no hubiera estado ahí, la situación se hubiera complicado", recuerda.
Una amiga de esa pareja le pidió después que la atendiera y así se fue corriendo la voz. "Nunca dije que era partera. No cobraba mis servicios. Era algo que hacía como las mujeres hemos hecho siempre, tengo un conocimiento y lo comparto".
"TODOS LOS PARTOS SON BONITOS"
"Los primeros partos que vi eran en agua y eran lo más bonito del mundo. El primero que vi en tierra dije: ¡qué seco está esto! Pero todos los partos son preciosos con mujeres fuertes y bebés muy contentos de estar aquí. No tuve la experiencia de partos traumáticos ni mujeres violentadas", platica
Al concluir su labor en Marie Stopes, San Cristóbal, Cristina tenía clara la necesidad de una organización para el acompañamiento del parto en Chiapas. Fue así como fundó la Casa de Partos Luna Maya en el 2004.
Ahí, ha atendido a mujeres de todas las edades, diversos orígenes, culturas, emociones, problemas. "Todos los partos son bonitos, no se me olvidan, cada una es especial, cada mujer y bebé es diferente. Hay momentos de crisis muy fuertes que han tenido las mujeres y ha sido muy bonito acompañarlas y que ellas tengan a alguien".
"YO CREO EN EL PARTO"
Para Cristina no hay fuerza más poderosa a la cual apelar que la femenina. Es esa certeza lo que la hace fuerte desde que recibe la llamada de una mujer con dolor de parto. "Quiero que ella tenga lo que necesita para parir y que su familia sea paciente. Me ha tocado que los familiares son un gran obstáculo y no le han permitido su tiempo a la mujer”.
“Espero que ella lo disfrute y vaya más allá de las contracciones y pueda entender que las contracciones son la fuerza que ella tiene. Espero que ella duerma, escuche su cuerpo y le dé permiso a su bebé para venir. Yo creo en el parto, creo que todas las mujeres pueden parir y todos los bebés pueden nacer si creamos el espacio propicio y la acompañamos y resolvemos sus miedos. Las cosas salen mal cuando la mujer no está preparada".
Así como ha tenido experiencias hermosas, ha pasado por momentos difíciles: "Claro que he visto cosas feas, pero estoy lista para manejarlas y si sobrepasan mi capacidad sé que hay hospitales que me pueden ayudar y no tengo miedo en pedir ayuda".
CRIS, ABUELA DE MUCHAS Y MUCHOS
"Abuela" de muchas niñas y niños, Cristina asegura que le da mucha alegría ver cada vez más mujeres como protagonistas de su parto que estén informadas y no opten por intervenciones quirúrgicas."Estoy experimentando un cambio social que lo están haciendo las mujeres. Una mujer que pare en casa con amor es muy difícil que tenga una relación violenta con su pareja. Es una decisión por la paz".
La joven partera –apenas rebasa las tres décadas de edad- cuenta que no hay partos largos ni cortos, "los partos duran lo que tienen que durar". Con tanta responsabilidad a cuestas, Cristina dice que en realidad "su responsabilidad es que la mujer entienda que es su responsabilidad, que es su parto".
No se considera terapeuta. Más bien, apunta, "tengo la habilidad de hacer preguntas difíciles con sutilidad, porque las mujeres se tienen que enfrentar a muchas emociones durante su embarazo. Las mujeres tenemos que hablar. No podemos parir solas".
Tanto compromiso y pasión por su oficio, tanta luz derramada, le ha sido recompensado con creces. "Recibo mucho más de lo que doy porque al estar en un parto la mamá me está invitando a participar el momento íntimo de su vida. Y las mamás me cuentan sus secretos y me piden que se los guarde".
Al ver y atender decenas de partos, la pregunta obligada es si se le ha antojado a ella experimentar su propio parto, a lo que responde con una amplia sonrisa: “Claro. No creo que sea un embarazo planeado como la mayoría, pero sí me da mucha emoción parir. Sobre todo porque mi compañero es un experto en partos, ha estado muchos años acompañándome y escuchando historias de partos y me ilusiona parir con él para ver cómo reacciona al fin en un parto después de escuchar tanto. Pero llegará cuando tenga que llegar, no tengo prisa".

lunes, 21 de septiembre de 2009

ENTREVISTA A LAURA GUTMAN

Aquí os dejamos una entrevista muy interesante a Laura Gutman. Autora de los libros "la maternidad y el encuentro con la propia sombra", "puerperio", "Crianza. Violencias invisibles y adicciones" y "la revolución de las madres":