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lunes, 22 de febrero de 2010

un cuento


Después de pasar otro fin de semana maravilloso disfrutando esta vez con Enrique Lebrero, os colgamos un cuento muy curioso, porque muestra muy claramente cómo se pueden llegar a hacer las cosas sin "un fin real y necesario". Esperamos que os guste:



El cuento de la carne asada:

Una niña estaba viendo a su madre preparar un trozo de carne para meter al horno. Su madre, tras de rellenarlo acertadamente, lo enrolló y ató con un cordel, tras de lo cual, con un cuchillo cortó los extremos del atadillo y lo puso en la bandeja del horno. Al verle hacer a su madre, la curiosa niña le preguntó:
- ¿Por qué cortas los extremos del rollo, mamá?- a lo que la madre le respondió - ¡PORQUE SIEMPRE SE HA HECHO ASÍ- y luego continuó contándole la historia de cómo ella había aprendido de su madre a preparar el asado, y que éste tenía fama de ser el mejor del barrio en que vivían.
  1. Si, dijo la niña, pero ¿por qué es mejor cortar las puntas? - y la madre sin hallar respuesta que dar le dijo a la niña que fuera a preguntarle a su abuela
  2. Abuela, dime tu también preparabas el rollo de carne como mamá, ¿verdad?, Si cariño, y mi asado tenía fama de ser el mejor del barrio. Cuantos vinieron invitados a nuestra casa así lo afirmaban. -¿Y cómo lo preparabas?-

Veras yo rellenaba la carne, le hacía un atadillo con un cordel de algodón y luego, y este era el secreto, le cortaba los extremos y lo metía en el horno, y salía buenísimo.
¿¿ POR QUÉ CORTABAS LOS EXTREMOS ??, preguntó de nuevo su nieta. –Mira este era el secreto que mi madre me transmitió cuando yo también estaba aprendiendo como tú a prepararlo y yo siempre lo he hecho así. Mira ¿porqué no le preguntas a la abuelita?, ¡Seguro que se acuerda de la fama que tenía su asado en todo el pueblo!
Efectivamente, la pequeña contaba con la inmensa suerte de tener a su bisabuela en casa, sentada en su mecedora, la mujer veía pasar los años con la paciencia y convicción de quien ya los ha vivido.
-Abuelita- dijo la pequeña, ¿es verdad que tu preparabas el mejor rollo de carne del pueblo?
La anciana mujer sonrió, -Claro que si cariño. Yo preparaba el asado de una manera muy especial. Lo rellenaba con los mejores condimentos, lo enrollaba y lo ataba y luego, ahí está el secreto, le cortaba los extremos, para que la carne no rezara las paredes del horno, claro, ¡como era tan pequeño aquel horno antiguo! La carne se quemaba y cogía mal sabor. Ahora con estos hornos modernos es todo mucho más fácil...
¿A quien podríamos preguntar ahora?



por qué cortan, por qué rasuran, por qué eneman, por qué manejan, por qué no respetan, ¿PARA QUÉ?!!

sábado, 2 de enero de 2010

Para reflexionar...


Un científico que vivía preocupado por los problemas del mundo, estaba resuelto a encontrar los medios para disminuirlos. Así, pasaba días enteros en su laboratorio, buscando respuestas para sus dudas., realizando pruebas e intentando generar nuevos métodos.

Cierto día, su pequeño hijo, de tan solo 7 años, invadió su lugar de trabajo con la intención de ayudarlo a trabajar. “Si lo ayudo a encontrar lo que tanto busca, podrá entonces estar mas tiempo conmigo”, pensaba el pequeño.

El científico, nervioso por la interrupción -que lo desconcentraba- intentó hacer que el niño fuese a jugar a otro sitio. Procuró distraer su atención para poder trabajar, un rato más, concentrado, atento a sus pruebas y procedimientos.

Agarró una revista que estaba por allí, arrancó una hoja en la cual se mostraba una hermosa foto del mundo, cortó la foto en mil pedazos con unas tijeras, y se lo entregó al niño con un rollo de cinta adhesiva diciéndole:

- ¿Te gustan los rompecabezas? Voy a darte el mundo para que lo arregles. Aquí lo tienes, todo roto, en pedazos. A ver como lo puedes arreglar.

Calculó que al niño le llevaría días recomponer el mapa dado ya que nunca había visto uno y no sabía cual era la imagen final a la cual debía llegar. Esto, sin duda, le daría tiempo para concentrarse en su trabajo, y seguramente hasta podría hacer que el niño abandonara el intento y volviese a su cuarto a jugar con cosas más acordes a su edad.

Pero el que hereda no roba, y el niño había heredado la creatividad y el sentido práctico que caracterizaban a su padre. Una hora después, se escucho en el silencioso laboratorio una pequeñita voz que decía: “¡Aita! ¡aita! ya lo he acabado!!”.

Al principio el científico no creyó a su hijo, ya que era imposible que un niño de su edad, en una hora, hubiese terminado de armar un mapa que jamás había visto. No sabía dónde estaba cada país, donde se encontraba Tanzania, Autralia o qué era Europa, ¡era imposible!

Pero el niño insistía, por lo que el hombre, una vez más, apartó su trabajo y fue a hacer caso a su hijo.

Levantó los ojos de sus anotaciones pensando en como podría corregir al niño de su suposición errónea sin herirlo pero su sorpresa fue mayúscula cuando observó que el mapa estaba completo y perfectamente armado. ¡Todas las piezas estaban en el sitio indicado!

“Tu no sabías como es el mundo, hijo. ¿Como has conseguido armarlo?” - Preguntó el padre.

El niño, con gran desparpajo no dudó en responder así: “Yo no sabía como es el mundo. Y por un rato intenté armarlo sin lograr avanzar nada. Pero cuando arrancaste la hoja de la revista, vi que al otro lado había la figura de un hombre. Tras intentar arreglar el mundo y no poder, recordé al hombre y se me ocurrió que podía dar la vuelta a los recortes e intentar arreglar al hombre, que yo si sabía como era. Al terminar de arreglar el hombre, di vuelta a la hoja y encontré que también había arreglado el mundo.

Gabriel García Marquez