lunes, 14 de marzo de 2011

Patriarcado, represión sexual y partos dolorosos

Las mujeres llevamos varios siglos de historia sumidas en la represión sexual. Esto significa que hemos considerado al cuerpo como bajo e impúdico, a las pulsiones sexuales malignas y a la totalidad de las sensaciones corporales, indeseables. ¿En qué momento aprendemos que no hay lugar para el cuerpo ni el placer? En el mismísimo momento del nacimiento. Segundos después de nacer, ya dejamos de ser tocados. Perdemos el contacto que era continuo en el paraíso uterino. Nacemos de madres reprimidas por generaciones y generaciones de mujeres aún más reprimidas, rígidas, congeladas, duras, paralizadas y temerosas de acariciar. Entonces el instinto materno se deteriora, se pierde, se desdibuja.

En este contexto, las mujeres con siglos de Patriarcado encima, alejadas de nuestra sintonía interior, no queremos parir. Es lógico, ya que nuestros úteros están rígidos y así duelen. Nuestro vientre está acorazado y nuestros brazos se defienden. No hemos sido abrazadas ni acunadas por nuestras madres, porque ellas no han sido acunadas por nuestras abuelas y así por generaciones y generaciones de mujeres que han perdido todo vestigio de blandura femenina. Por eso cuando llega el momento de parir nos duele el cuerpo entero por la inflexibilidad, el sometimiento, la falta de ritmo y de caricias. Odiamos desde tiempos remotos nuestro cuerpo que sangra, que cambia, que ovula, que se mancha y que es inmanejable.

Es importante tener en cuenta que además del sometimiento y la represión sexual histórica, las mujeres parimos en cautiverio. Desde hace un siglo -a medida que las mujeres hemos ingresado en el mercado de trabajo, en las universidades y en todos los circuitos de intercambio público- hemos cedido el último bastión del poder femenino: el parto. Ya no nos queda ni ese pequeño rincón de sabiduría ancestral femenina. Se acabó. No hay más escena de parto. Ahora hay tecnología. Máquinas. Hombres. Tiempos programados. Drogas. Pinchaduras. Ataduras. Rasurados. Torturas. Silencio. Amenazas. Resultados. Miradas invasivas. Y miedo, claro. Vuelve a aparecer el miedo en el único refugio que durante siglos permaneció restringido a los varones. Resulta que hasta esa cueva íntima, hemos abandonado. Haber entregado los partos fue como vender el alma femenina al diablo. Ahora nos toca a las mujeres hacer algo al respecto, si nos interesa recuperar el placer orgásmico de los partos y si asumimos el poder que podemos desplegar en la medida que los partos vuelvan a ser nuestros.

Laura Gutman.

sábado, 12 de marzo de 2011

Gestar, parir, amamantar.



Por Ileana Medina Hernández


Las mujeres en el último siglo estamos demostrando que -si nos lo permiten y nos lo permitimos- podemos hacer igual de bien todo lo que hacen los hombres: hacer ciencia, dirigir empresas y gobiernos, viajar al cosmos, escalar montañas de 8 mil metros, pilotar aviones, escribir libros, dirigir orquestas, construir puentes... y hasta hacer la guerra.

Sin embargo, si nos preguntamos si queda alguna cosa que sólo un sexo pueda hacer, nos encontramos una sencilla respuesta: gestar, parir y amamantar. De momento, solo las mujeres podemos.

Y "casualmente" esa pequeña diferencia es la que garantiza la supervivencia y la continuidad de la especie. (Cierto que no podemos hacerlo solas, pero el semen es abundante, ecológicamente barato y generalmente disponible; y el hecho de que necesitemos el apoyo del macho en todo el proceso, no nos quita la exclusividad del hecho biológico).

Parece increíble que casi todos los feminismos del siglo pasado -y los que siguen dominando hoy todas las instituciones públicas de "la igualdad"-hayan pasado por alto ese "pequeño detalle".

Imaginad un grupo de pequeños animales -o de extraterrestres-, que podáis observar desde lejos, desde fuera, como si los miráramos con un microscopio. En ese grupo de seres, resulta que sólo la mitad, en un momento de su vida, puede hincharse, hincharse e hincharse, hasta que su cuerpo se abre y da lugar a otro nuevo ser. ¿Qué pensarían los que no pueden hacerlo (e ignoran su papel en ese proceso)? ¿No se morirían de envidia? ¿No será que la envidia primera fue la envidia del útero, en lugar de la envidia falocéntrica que describió Freud?

Esa otra mitad que no se hincha, que tomó "conciencia" de su ser, pero ignoraba su papel en el proceso, o en última instancia no podía garantizar la legitimidad de su paternidad, aprovechando la superioridad de su fuerza física, decidió construir un sistema en el que lo valioso fuera todo lo que el macho podía construir, y en el que el parto y la lactancia fuera menospreciada: "parirás con dolor y tu marido te dominará".

¿Y si resultara que lo mejor, lo verdaderamente "mejor", lo que más felicidad y realización reporta, el verdadero poder, residiera en la capacidad de parir, amamantar y criar?

¿Si resultara que el verdadero feminismo no estuviera en hacernos "iguales" a los hombres, sino en aprender a reconocer que lo verdaderamente valioso, lo mágico, el gran milagro de la vida, es lo que podemos hacer con nuestros vientres y nuestros pechos?

¿Si el verdadero y mayor poder consistiera en criar hijos sanos y felices?

¿Si resultara que el verdadero cambio social estuviera en aprender a valorar la crianza y la maternidad como actos socialmente respetables, y como parte fundamental de la libertad de la mujer?

¿Si las mujeres, libres y conscientes, fuera de la dominación masculina, conocedoras de nuestro propio cuerpo, de nuestra sexualidad, de la importancia de los afectos y del mundo emocional... acabásemos descubriendo que el amor y el cuerpo maternos en la primera crianza es lo verdaderamente valioso, y lo que hace a la humanidad más libre, más feliz, más justa, más equitativa, más solidaria?

jueves, 10 de marzo de 2011

"Los niños llegan cada vez más emocionalmente dañados al colegio"

Entrevista con Claudio Naranjo, psiquiatra chileno, autor de "Sanar la civilización".

"La educación actual cuenta con una agenda implícita
que requiere que los niños sean igualitos a los papás, cuando los papás son el problema.
Decimos que la educación es para transmitir nuestros valores
y no nos damos cuenta de que estamos transmitiendo nuestras plagas."


Claudio Naranjo estudió medicina, psiquiatría y música y acabó convirtiéndose en un referente mundial en la investigación de la mente humana. Integrador de la sabiduría tradicional y científica, oriental y occidental, y el conocimiento histórico, antropológico, sociológico, psicológico y espiritual del ser humano. Creador del programa SAT, en principio dirigido a profesionales de la psicoterapia y derivado en un programa de transformación individual y social para uso personal y en el ámbito educativo. Autor de más de 20 libros, traducidos a varios idiomas.

"La única salida a esta crisis es la transformación interior":

La crisis actual ha tambaleado muchos cimientos del sistema y ha acabado revelando algunas de sus muchas fisuras. El comunismo se hundió por sus fallos de funcionamiento pero el capitalismo no parece salir mejor parado. Llevamos siglos cambiando gobiernos, haciendo revoluciones políticas y sociales pero nunca llegamos a buen puerto quizás porque nos olvidamos de las transformaciones más básicas y elementales que tienen lugar en la revolución personal.

Tenemos el mundo que tenemos por el tipo de conciencia que se desarrolla a través de la educación, según Claudio Naranjo. Y si queremos salir de verdad de esta crisis económica, social y humana hemos de superar el ego individualista e iniciar una auténtica transformación interior.

¿La civilización está enferma? ¿De qué?

El mal de la civilización es la mente patriarcal. Y no me refiero sólo a la sociedad patriarcal que hace que los machos predominen sobre las mujeres y tengan un acceso más fácil al poder y a la economía. Me refiero a una forma de mentalidad que actualmente ya todos compartimos, hombres, mujeres y niños, contaminados por el mismo virus.

¿A qué nos referimos exactamente, con esa "mentalidad patriarcal"?

A una pasión por la autoridad. Por el ego, el ego patrístico, un complejo de violencia, desmesura, voracidad, conciencia insular y egoísta, insensibilidad y pérdida de contacto con una identidad más profunda.

Hay quien cree que todo esto forma parte de la naturaleza humana y que siempre ha sido así.

Pues no. Hay indicios de la existencia de un pasado matrístico, y aún hoy existen algunas sociedades indígenas de estas características que no funcionan en absoluto con estas directrices y valores que conocemos en la civilización. Esta mente, lejos de ser inherentemente humana, en realidad empezó a gestarse hace sólo unos 6.000 años, cuando, ante una crisis de supervivencia, ciertas poblaciones agrícolas arcaicas indouropeas y semitas tuvieron que volver a hacerse nómadas y acabaron convirtiéndose en comunidades de guerreros depredadores.

¿Y cómo se manifiesta esta mente patriarcal?

En unas relaciones de dominio-sumisión y de paternalismo-dependencia, que interfieren en la capacidad de establecer vínculos adultos solidarios y fraternales. El cerebro patriarcal-racional llama a la competencia, mientras que el femenino llama a la cooperación. Esta dependencia y obediencia compulsiva (a los gobiernos y al poder en general) no sólo son enajenadoras para el individuo sino que constituyen distorsiones, falsificaciones y caricaturas del amor.

Pero las cosas pueden ser de otra manera. Usted dice que, en realidad, somos seres "tricerebrados".

Efectivamente. En un lenguaje anatómico, poseemos un cerebro instintivo, que compartimos con todos los reptiles; emocional, como el resto de los mamíferos, y el racional, que es el último que se ha desarrollado y, sin embargo, ha acabado imponiéndose a los otros dos. Es como si en nuestro interior lleváramos a tres personas: una de tipo intelectual-normativo, que sería el padre; una persona emocional, que representa el principio del amor, que es la madre, y una instintiva, que sería el niño. Pues bien, en la sociedad actual, lo que denominamos la civilización, predomina el cerebro racional y tiene lugar el imperialismo de la razón sobre lo emocional y lo instintivo.

Pero esta razón que impera, ¿es realmente racional o más bien irracional?

Ahí has dado en el clavo, porque en realidad no es racional ni inteligente, desde el punto de vista de los resultados en el bienestar social y personal. Ha corrompido conceptos como la inteligencia, la eficacia o la racionalidad misma. Es una mente rígida, aislada, autoritaria y normativa que busca resultados y ganancias a corto plazo, pero ganancias desde el punto de vista competitivo, materialista o consumista, no en cuanto al bienestar profundo, desarrollo personal o convivencia con el medio. Y, en consecuencia, toda la educación está sujeta a este paradigma racionalista.

Que se manifiesta en.

En considerar la educación un mero traspaso de información, alejado de objetivos como el autoconocimiento, que debería ser prioritario. Y así vemos cosas en la escuela como que un niño o una niña llora y le llaman la atención.

Y si se ríe le echan de clase.

Las emociones están prohibidas. Y lo instintivo aún más. Y sin embargo, para que la persona esté sana en una sociedad sana sería preciso el equilibrio entre los tres cerebros. Armonizar los binomios competencia/colaboración, agresión/ternura. Desarrollar una sana agresión en vez de la agresividad depredadora imperante. Y sobre todo desarrollar la capacidad amatoria, la ternura.

¿Estamos en el camino? Usted habla del ocaso del patriarcado.

Por una parte, vemos que el autoritarismo en las familias disminuye y también el de los gobiernos. Pero han cogido el poder las empresas y su control en la sombra es enorme. Pero quizás sí, podemos decir que la nave se está hundiendo pero la gente está más ocupada en mantener el estatus que en salvarse; en defender lo poco que les queda, aunque se haya visto lo poco que vale, que en la transformación, en dejarlo todo y empezar a construir de cero.

Por eso insiste usted tanto en la importancia de la educación.

Claro, porque es más fácil prevenir que curar. Hemos de prevenir la destrucción de la mente. La educación actual cuenta con una agenda implícita que requiere que los niños sean igualitos a los papás, cuando los papás son el problema. Decimos que la educación es para transmitir nuestros valores y no nos damos cuenta de que estamos transmitiendo nuestras plagas.

¿Y esto es responsabilidad de la escuela, de la familia, de los medios?

De las autoridades en todos estos ámbitos, desde los profesores quemados hasta la misma opinión pública. Los padres aspiran a que sus hijos triunfen en este mundo de competencia económica, no importa que también sea un mundo de pobreza creciente mientras que no les toque a ellos. Prefieren la educación que sirve como una máquina de certificación. No les interesa educar sino servir al mundo del trabajo. Insisten en que desean el bien de los hijos pero en realidad no les interesa el bien de los hijos más que como eficacia en los negocios. Tenemos el mundo que tenemos por el tipo de conciencia que se desarrolla a través de la educación, que es una educación implícitamente explotadora.

Es usted muy crítico con la educación y muy en especial con los educadores.

Porque no considero educación el mero traspaso de información, como una forma más de producción, de formación y explotación de nuevos trabajadores, que es en lo que consiste la escuela actual. Debemos volver a las raíces de la educación como autoconocimiento, en la búsqueda de ese "conócete a ti mismo" de Sócrates. Al autoconocimiento transformador que posibilite el cambio.

Sin embargo, hay algunas iniciativas educativas diferentes, como por ejemplo las escuelas internacionales de Krishnamurti.

Sí, pero aún esas escuelas llegan hasta el debate, y eso está bien, porque por lo menos te da la oportunidad de aprender a pensar por ti mismo. Pero el debate en sí no transforma nada. Hay que integrar procesos de autoconocimiento transformador.

La transformación individual para transformar y sanar la civilización.

No hay cambio posible sin pasar por el autoconocimiento individual. Siglos y siglos de cambios sociales y políticos han fracasado porque han pasado por alto el cambio de las personas. Sólo podemos sanar el tejido a través de las células, las personas. Y para eso tenemos que sembrar la semilla en la escuela. Pero ha de ser una nueva escuela que tenga en cuenta los tres aspectos de las personas: el conocimiento, la salud amorosa y la salud instintiva.

Suena diferente.

Pero necesario, si queremos transformar las cosas de verdad. El otro día me invitaron a dar una conferencia en una universidad, y antes de empezar me pidieron que evitara los temas espirituales y los psicológicos y me limitara a la pedagogía. Chocante. La educación se resiste a integrar lo transcendental-espiritual y lo terapéutico y sigue considerándolo un campo ajeno porque, de lo contrario, complicaría las cosas. Y es cierto, las complicaría un poco, porque significaría permitir que las personas piensen por sí mismas. Así que no se asume el riesgo. Claro que no se calcula el precio.

¿Y cuál es el precio?

La infelicidad colectiva.

¿Y qué podemos hacer?

En primer lugar, reconocer que es un hecho que los niños llegan cada vez más emocionalmente dañados al colegio. En muchos casos los padres están ausentes de la educación de los hijos. Escasea el tiempo libre y casi no se disfruta del ocio, y mucho menos compartido en familia. Y sin embargo, el ocio está ligado al crecimiento y al espíritu, ya que te ofrece la oportunidad de estar contigo mismo.

¿Qué más?

Reconocemos también que están faltos de amor y de esa parte del saber, no científico, la sabiduría que nos permite tomar buenas decisiones en la vida. Decisiones que nos conduzcan de verdad a ser más felices.

¿La escuela tiene que ocuparse de todo esto?

Sí, la escuela tiene que incorporar ese aspecto humanizante. Revelar la insatisfacción latente y canalizarla. No sólo para sacar a flote este sistema económico en crisis sino por el coste personal y de sufrimiento.

¿A qué se refiere con revelar la insatisfacción?

Porque detrás de toda búsqueda hay una insatisfacción y si queremos iniciar una búsqueda personal hacia el autoconocimiento y la transformación debemos ser conscientes primero de que este estado de cosas no nos satisface. La insatisfacción está ahí, bien latente y bien visible, lo que pasa es que el consumismo nos da respuestas del tipo: cómprate un coche mejor, cambia de casa, de ciudad, de pareja, de trabajo. Pero no vale la respuesta del consumismo porque la insatisfacción, así, no sólo no se resuelve sino que acabamos haciéndonos adictos a ella, que en realidad es lo que necesita el sistema: que seamos unos obedientes consumistas insatisfechos crónicos. Necesitamos respuestas más profundas que nos lleven a hacer cambios significativos.

Tengo la impresión que tanto en la escuela como en la familia no siempre está bien vista la búsqueda ni la insatisfacción.

Y así es. Porque nuestra cultura no reconoce la búsqueda como un valor sino como un síntoma. Sólo se admite si está en el camino de la ambición profesional, pero si es algo indefinido, que es como tiene que ser la búsqueda en estado puro, enseguida se etiqueta. Dicen "qué persona tan inquieta", y se la ve rara. Si además es muy apasionada, la búsqueda no comprendida ni apoyada se hace dolorosa y acaba en la consulta del psiquiatra. Cabe la posibilidad de que se acabe interpretando como un síntoma esquizofrénico, angustia, etc., cuando en realidad no es más que la insatisfacción natural ante la vida alienada, separada y desestructurada que llevamos.

¿De qué manera podemos actuar desde la familia?

Lo máximo que pueden hacer los padres por sus hijos es ocuparse de su propio desarrollo personal. Que el padre y la madre se desarrollen como personas y sean el ejemplo. Que no aspiren solo a que el hijo o la hija traigan buenas notas a casa. Que tomen conciencia de todo eso que está faltando en la educación y parece que nadie lo nota.

martes, 8 de marzo de 2011

Una sociedad no amamantada: una sociedad no destetada


Por Ileana Medina Hernández

Imagen tomada de El País

La Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición acaba de publicar losresultados de la Primera Encuesta Nacional de Ingesta Dietética Española, que ayer fue titular en casi todos los medios de prensa.

Sin embargo, hay un dato que no fue destacado en el informe, y por supuesto tampoco es rescatado por los medios, que se limitan básicamente a reproducir la nota de prensa de la Agencia: en el listado de ingesta de alimentos diarios EL PRIMER LUGAR LO OCUPA LA LECHE (no sé si incluyendo sus derivados).

Algunas noticias dicen esto:

"En el listado de ingesta de alimentos diarios figuran en el cuarto y quinto puesto las bebidas alcohólicas y las refrescantes, por detrás de leche, frutas y vegetales, lo que para la agencia supone otro dato que debe preocupar."

De lo que yo infiero que el primer lugar lo ocupa la leche de vaca.

¿Cómo se puede interpretar este dato?

La misma Agencia de Seguridad Alimentaria entre sus recomendaciones incluye disminuir la ingesta de carne, dado que consumimos un exceso de proteínas y grasas animales. ¿Y qué pasa con la leche de vaca y todos sus derivados? ¿No son también una fuente principal de proteína y grasa animal? Sin embargo, con respecto a la leche de vaca, en su listado de recomendaciones, la Agencia Estatal no dice ni mú.

Muchas veces lo más interesante de las noticias no es lo que cuentan, sino lo que callan.

Somos la única especie de seres vivos que se alimenta de leche de otras especies, y además lo hace hasta la edad adulta, hasta el fin de sus días.

A la vez que convierte en tabú la leche de su propia especie.

La lactancia materna y cuál debería ser su duración natural, ha sido muy poco estudiada. Los escasos estudios al respecto sugieren que debería ser en algún punto entre los 2,5 y los 7 años; que los hombres de Atapuerca eran amamantados hasta los cuatro años; o que es muy difícil que se produzca un destete verdaderamente espóntaneo antes de los cuatro años. Los dientes que se caen a los 7 años se llaman "dientes de leche".

Siguiendo las pistas científicas, podemos darnos cuenta de que nuestra sociedad, donde la duración media de la lactancia materna es de 3, 2 MESES*, NO HA SIDO AMAMANTADA. Es una "sociedad sin prolactina", que díría Michel Odent.

Como dice el dr. Pere Enguix: cuando un niño no ha recibido suficiente teta (entiéndase junto a teta, amor, sostén, mirada, placer, cuerpo, compañía, respeto...), se queda toda la vida enganchado de una teta.

Esa "teta simbólica" adictiva, insaciable y desesperada que no fue satisfecha en la infancia, puede tomar muchas formas (desde un trapito hasta las drogas, de fumar a ser adicto al trabajo, desde un osito de peluche hasta coches deportivos de último modelo, el ego, el poder o la fama) pero una de ellas es mucho más obvia: la leche de vaca. El sustituto de la leche materna por excelencia.

Que sea el PRODUCTO ALIMENTICIO MÁS CONSUMIDO, debe tener alguna razón. ¿Por qué dependemos tanto toda nuestra vida de la leche de vaca? ¿Por qué, aunque nos haga daño o seamos intolerantes, buscamos insistentemente otro "líquido blanco" con qué sustituirla? ¿Por qué no es, en todo caso, un alimento más, sino algo que todo el mundo considera que "debe ser consumido", sobre todo por los niños?

¿Existe algún otro ser vivo en el planeta que nazca con la "necesidad" de consumir leche de otra especie? ¿Por qué se sigue considerando la "leche de vaca" y los lácteos como la única o principal fuente de calcio? Si es cierto que los niños necesitan tomar leche hasta los 7 años, alguna leche, (en Cuba se le garantiza leche subvencionada a los niños hasta esa edad, por ejemplo), ¿lo lógico no sería que esa leche fuera la leche de su madre?

Tenemos una sociedad NO AMAMANTADA en su infancia; y como consecuencia, tenemos una SOCIEDAD NO DESTETADA. Una sociedad que NO SE DESTETA NUNCA, que sigue siempre adicta al "pecho materno" o lo que es peor, a la teta de la vaca, y a sus sustitutos tóxicos y dañinos, en todas sus formas.

Ese es el gran secreto de la lógica de las sociedades de dominación. Somos todos niños privados de teta, de afecto materno, de placer y satisfacción emocional en la infancia. Y por tanto, adultos permanentemente adictos y vacíos, que para ser felices, siempre necesitamos "más".

*Comité de Lactancia Materna de la Asociación Española de Pediatría. Informe técnico sobre la lactancia materna en España. An Esp Pediatr. 1999; 50: 333-340

domingo, 6 de marzo de 2011

¿cómo hablarle a los niños sobre la muerte?


Laura Álvarez y Viviana Hidalgo
Especialistas en Psicología Clínica
psicologia@saborysalud.com

Como padres tenemos la responsabilidad de enseñar a nuestros hijos una gran cantidad de conceptos, valores, principios, actitudes, etc. con el fin de prepararlos para que vivan su vida de la mejor manera. Sin embargo, los temas relacionados a la experiencia de la muerte, pueden sernos bastante complicados para explicarlo a nuestros niños. Una vez que nos preguntan por este tema, o que sucede un evento de muerte que los involucra de alguna manera, surgen en ellos numerosas preguntas y/o reacciones que a veces no sabemos cómo manejar.

La muerte es un tema inevitable con el que los niños, tarde o temprano, van a enfrentar. Es un suceso difícil de explicar y difícil de manejar para los niños.
Ante la muerte, la familia, en especial los padres, o los adultos que permanecen alrededor del niño, muchas veces no saben como actuar, si proteger a los niños del dolor, si permitirles enfrentarlo, si hablarles de la situación o evitar dentro de lo posible tocar el tema. Erróneamente los adultos tendemos a querer “proteger” a los niños del dolor y evitamos que enfrenten adecuadamente situaciones de pérdidas y muerte. Se intenta alejarlos, que no vean llanto, que no se enteren del sufrimiento. Los
adultos lloran a escondidas, no hablan con el niño sobre lo sucedido, muchos incluso creen que es un tema que no debe hablarse con ellos porque no lo entienden. Otras veces, pretendemos encontrar sustitutos al objeto perdido, creyendo que ayudarán a eliminar el dolor. Ejemplo de esto es cuando traemos una nueva mascota inmediatamente después que muere la que el niño tenía.
La manera en que un niño puede entender la muerte, depende de diversos factores: la edad del niño en el momento de la pérdida, el significado para el niño de la persona que fallece y su relación con ésta, las características de la pérdida (si sucedió de forma inesperada, o venía ya anunciándose), la manera en que quienes lo rodean enfrentan el evento, etc.

El concepto de muerte en los niños según su edad

La edad es definitivamente el factor más importante y la que va a determinar la comprensión que el niño o niña tenga del concepto de muerte.
Niños menores a los 3 años:

Lo que saben de la muerte: Tienen muy poca comprensión acerca de ella, tienden a equiparar la muerte con la inmovilidad.

¿Qué decirles?: Darles explicaciones simples y concretas, con pocas palabras. Que sus respuestas tengan que ver con el propio mundo del niño. Utilice analogías con elementos que el conozca de la naturaleza. Es útil por ejemplo, referirse a sucesos de muerte de animales, insectos, etc. Siempre reasegúreles que ellos están cuidados y protegidos. Tranquilícelo con muestras de cariño físico. Utilice los conceptos que estén al nivel del niño. Apóyese de libros, existe literatura para niños que toca este tema. Los dibujos pueden ayudar mucho también, y le permiten al niño expresar sus emociones y temores.

Niños de 3 a 5 años:
Lo que saben de la muerte: Pueden sentirse culpables o causantes de la muerte (por sus malas conductas, indisciplina, etc.). No manejan aún el concepto de finalidad y suelen creer que la muert
e es reversible. El “para siempre” de la muerte o el “nunca más” no lo entienden (las fábulas, videojuegos, demuestran la muerte como reversible).

¿Qué decirles?:

Es necesario corregir las fantasías o pensamientos erróneos. Ser honestos con explicaciones simples y vocabulario real. (Ej. No podremos verlo más pero sí recordarle y seguir teniéndolo en nuestros corazones y pensamientos, en nuestras fotos, etc.). Ayúdele a tomar conciencia sobre sus reacciones y sentimientos, y a ponerles nombre. Refuércele mucho que no es culpable y que la muerte no es una forma de castigo. Acepte sus malestares y cambios de humor, pero ayúdele a retomar el control. Mantenga los límites y las rutinas

. Permita que el niño elija sobre su participación en los actos fúnebres. No significa llegar al extremo de ver a la persona fallecida dentro del féretro, pero si observar el proceso de la ceremonia de despedida, el entierro, etc. Sobretodo, el niño en estos rituales, puede percibir el sufrimiento de las otras personas y como ellas lo expresan, y así sentirse más seguro de poder expresar sus propios sentimientos también. Espere que pregunte una y otra vez

sobre lo mismo. Apóyese con cuentos, el juego, dibujos, etc.

Niños 6 a 9 años:

Lo que saben de la muerte: Pueden personificar la muerte como si tuviera existencia propia. Lo asocian a veces con fantasmas, seres invisibles, cadáveres. Hay más curiosidad por saber qué ocurre después de la muerte (Ej. Desenterrar una mascota). Se interesan por los detalles.

¿Qué decirles?: Información clara con los detalles necesarios. Reconózcale que usted no tie

ne todas las respuestas. Pregúntele qué piensa y siente, anímele a expresar sus pensamientos. Prepárele sobre posibles cambios futuros.

Niños 9 a 12 años

Lo que saben de la muerte: Ya lo comprenden de manera más madura. Ya tienen

un mayor sentido de responsabilidad del cuidado de los demás, de la salud, etc.

¿Qué decirles?: Apoye y motive la expresión de los sentimientos. Invítele a que pregunte sobre lo que no comprende. Comparta diálogo con ellos acerca de nuevos cambios.

Existen conceptos clave que el niño debe llegar a asimilar para poder llegar a comprender la muerte como lo hacemos los adultos:

  • La no-funcionalidad: el cuerpo muere y deja de funcionar.
  • Es permanente: para siempre.
  • Es inevitable.
  • Es irreversible: uno no puede devolverse a la vida.
  • Es universal: cualquier ser vivo llegará a atravesarla, nadie escapa de morir.

El duelo

El proceso de duelo, cuando se da una muerte, se desarrolla generalmente en etapas:

  • Período de shock: se caracteriza por la dificultad de aceptar y comprender la realidad.
  • Negación: es la dificultad de aceptar lo que se está viviendo, muchas veces se continúa actuando como si la persona aún viviera, en esta etapa se siente que los que estamos viviendo es “un sueño, una pesadilla”.
  • Enojo: se presenta cuando se realiza que la pérdida es real, en esta etapa florecen los sentimientos de culpa y tendemos a buscar culpables de lo sucedido o por no haber hecho lo suficiente.
  • Aceptación: se produce cuando se ha entendido y aceptado lo sucedido y la persona empieza a vivir con los cambios que se generan a raíz de la pérdida.

Maneras de expresar el duelo en los niños:
Generalmente, las manifestaciones de los niños ante los eventos de muertes, son cambiantes y de corta duración. Pueden reaccionar con dolor, con cólera, negarlo, aceptarlo, mostrarse indiferente, con ansiedad, presentar sentimientos de culpa, o muchas veces con silencio. Para ayudar a los niños, debemos brindarles oportunidades para que logren reconocer sus sentimientos y puedan manifestar lo que están sintiendo, en vez de encubrir la situación y evitar tocar el tema.

Diferentes investigaciones han comprobado que ante una pérdida los niños se hacen las siguientes preguntas: ¿Provoqué yo esta situación?, ¿Quién más va a morir?, ¿Qué pasaría si algo le ocurre a mi mamá(o familiar cercano)?, refiriéndose a los que quedan con él. Es por estas razones, que después de vivir esta experiencia de cerca, debemos asegurarle al niño que él no corre peligro, que usted está a su lado para ayudarle y darle apoyo y que él no es culpable.
Ante la muerte de un ser querido se nos presenta un reto, conducir al niño a través de su dolor y a la vez el manejo propio del duelo. La comunicación abierta es esencial, usted como persona también debe buscar sus propios espacios para expresar lo que siente.

  • Mantenga una comunicación abierta.
  • Hable sin temor de la muerte. No evite hablar del tema.
  • Exprésele a su hijo lo que usted siente también.
  • Asigne un tiempo diario para compartir con el niño.

Permita que el niño asista al funeral si así lo quiere. Explíquele de manera previa el panorama que encontrará, para que sepa qué esperar. Es bueno que asista, pues la ceremonia le puede ayudar a aclarar su concepto de la muerte y a verlo como un suceso real, que genera dolor en muchas personas. Si se trata de la muerte de una mascota, realicen un entierro dentro de lo posible.

  • Responda a sus preguntas con la verdad y con la información acorde a las edades.
  • Informe en la escuela lo que está sucediendo.
  • Trate de mantenerle sus rutinas.
  • Ayúdele a expresarse y ponerle nombre a sus emociones.
  • Bríndele ejemplos sobre el concepto de muerte (utilizar ilustraciones sobre animales).
  • Identifíquese con su dolor y valide sus sentimientos y explíquele que es normal que se sienta así.
  • Brinde espacio para hablar de la persona fallecida.
  • Sea paciente porque puede repreguntar una y otra vez sobre lo mismo como si no hubiera escuchado las respuestas que ya se le habían dado.

Coméntele que es muy difícil lo que se está pasando, pero que juntos van a superarlo. Es bueno que el niño sepa que el dolor por una muerte se irá aliviando, pero no desaparecerá. Muchas veces vendrán los recuerdos, habrá períodos de tristeza, de recaídas, pero a su vez los recuerdos felices que le permitirán honrar a la persona que falleció.
Pueden recurrir a rituales que le brinden tranquilidad y honren la memoria del fallecido, por ejemplo: sembrar un árbol en su memoria, tener un rincón con sus fotos, escribirle una carta, dejar ir globos, burbujas, tirar al mar un mensaje en una botella, etc.

Preguntas difíciles que hacen los niños

¿Qué es morirse?
El cuerpo deja de funcionar, de respirar, de comer, de pensar, sentir. No es dormirse es dejar de vivir. El cuerpo ya no puede hacer nada de lo que hacía antes ni sentirá nada.

¿Mamá/papá, tú también te vas a morir?
Exprésele que usted está haciendo lo posible para vivir saludablemente, que espera vivir por mucho tiempo. No es bueno decir “cuando me haga viejito”, ya que esto no es siempre cierto.

¿Cuándo me moriré yo?
Cuando se acabe la vida. Eso no lo podemos saber, así que no te preocupes por ello.

¿Por qué nos morimos?
Es bueno que se diga que es una pregunta que también nos hemos hecho, que es algo que no controlamos. Se le debe reafirmar que esté tranquilo porque no corre peligro y no debe preocuparse por ello. (Dios y papá/mamá/ y seres queridos están cuidándole siempre).

¿Qué se hacen los muertos?
Evite expresiones como “la persona se fue lejos, se quedó dormido, anda de viaje, Dios se lo llevó”. Estos comentarios pueden generar muchas confusiones. “De los muertos nos quedan los recuerdos, las fotos, su presencia en nuestros corazones, en la memoria.” El mensaje de esperanza debe incluirse también y hacerles saber sobre el plan de Dios de una vida eterna que nos espera más allá de la muerte.

Es de vital importancia, también entender, que el que los niños no hagan preguntas, no quiere decir que estén del todo bien o que no las tengan. A veces no lo hacen para no generarnos preocupación o angustiarnos. Lo malo de ello, es que ese silencio puede traer consecuencias negativas a corto o largo plazo: depresión, síntomas físicos, conductas inesperadas, etc. Es preferible, que la verdad les duela a que el silencio o la mentira los enferme.
Por último, es necesario recalcar, la gran importancia de transmitir a los niños, un mensaje más positivo y esperanzador sobre la muerte. La connotación lúgubre o de temor que frecuentemente se le da a la muerte dificulta que los niños puedan comprenderla y asimilarla como una parte de la vida que nos toca atravesar, pero que no debe atemorizarnos ni desconcentrarnos de la vida que tenemos por disfrutar.
Debemos enfatizar siempre el mensaje de esperanza de esa vida nueva y eterna que nos espera dentro del plan perfecto que Dios tiene para cada uno de nosotros.

martes, 22 de febrero de 2011

Parir en casa

Por: Vivian Watson

Periodista, escritora, traductora y mamá de un niño de dos años. Escribe acerca de lo que significa convertirse en madre: embarazo, parto, postparto, lactancia, crianza y todo lo relacionado con los primeros años. fuente: www.familialibre.com

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Ahora que mi hijo acaba de cumplir dos años, he estado recordando mucho mi parto. Tuve la inmensa suerte de tener a mi hijo en casa. Lo parí en mi cama, sin ningún tipo de anestesia, con la asistencia de mi maravillosa matrona, mi marido y mi hermana. Mi bebé vino al mundo en un ambiente cálido, íntimo, rodeado de las personas que más quiero. Lo primero que vio al abrir los ojos no fue la luz cegadora de una fría sala de partos, sino la penumbra de una habitación cálida y los rostros emocionados de su familia. Pude abrazarlo y tenerlo piel con piel mientras él solito encontraba mi pecho, sin prisas, sin extraños observando, sin que importara nada más que nuestro encuentro. Me sentí tan arropada y tan segura que en ningún momento tuve miedo, a pesar del dolor de las contracciones y del expulsivo. Porque fue una prueba dura, sí. El dolor físico fue muy, muy intenso. Pero mientras me dejaba llevar por mi cuerpo, que sabía exactamente lo que hacía, comprendí lo que tanto había leído estando embarazada: que dolor no es igual a sufrimiento.

Cuando supe que iba a ser mamá, no tenía ni la menor idea de lo que era un parto (obviamente), y no me imaginaba que las mujeres podíamos decidir cómo parir. Jamás me había interesado por estos temas. Y nunca habría pensado que mi hijo no nacería en una clínica; de hecho, de haber escuchado que alguna de mis amigas iba a tener a su hijo en casa, probablemente me habría parecido una locura y una irresponsabilidad. Fue mi amiga Claudia quien me abrió los ojos. Claudia había dado a luz de manera natural, en el agua, y todavía recuerdo sus palabras cuando me contó su parto: me dijo que parir había sido la experiencia más radical que había vivido jamás. Para entonces yo estaba embarazada de pocos meses y sabía muy bien que quería hacer las cosas de manera distinta, quería vivir mi embarazo y mi parto en toda su intensidad, sólo que no tenía muy claro lo que eso implicaba. Hasta que fui a conocer a la bebé de Claudia y mi amiga intentó describirme la sensación de haber parido a su hija con sus propias fuerzas y la euforia que sintió cuando la tuvo en brazos.

Me acordé entonces de lo que me había contado mi amiga Lena, que no llegó a tiempo al hospital para la epidural y que sintió la increíble “fuerza de la vida” abriéndose paso dentro de ella para salir. Pensé que si la naturaleza había querido que las mujeres pariéramos, debía de ser por algo. Y me hice el firme propósito de abrirme a esa experiencia, de vivirla a plenitud. Sin anestesias (ni físicas ni metafóricas).

Entonces empecé a leer cuanto caía en mis manos acerca del parto respetado. Comencé por los libros que me prestó Claudia: La revolución del nacimiento, de Isabel Fernández del Castillo, Parto seguro (que recomiendo muchísimo a quienes estén pensando en tener un parto natural, además tiene un capítulo dedicado al parto en casa), y las preciosas historias de parto compartidas por la partera estadounidense Ina May en su Guide to Childbirth (que no he encontrado traducido al español).

Aprendí que un parto respetado es aquel en donde se reconoce la capacidad que tiene la mujer para parir a su propio ritmo, sin imponer intervenciones innecesarias que en muchos casos se utilizan simplemente para facilitar la labor de los profesionales de la salud y que pueden tener consecuencias negativas para la madre y el bebé. Un parto respetado es aquel en donde se protege la intimidad de la mujer y su necesidad de sentirse segura y arropada mientras se abandona a la sabiduría de su cuerpo, que fue creado para parir y que por tanto sabe perfectamente cómo hacerlo (aunque la mente de la mujer no lo sepa).

Creo que el parto es un rito de iniciación que nos prepara para ser madres, y que todas las mujeres tenemos el derecho de vivirlo como mejor nos parezca. Tomar las riendas del propio parto es la mejor forma de evitar un parto traumático. Y para ello es clave estar bien informadas.

Es verdad que un parto en casa entraña riesgos, pero no mayores que los que puede tener un parto en el hospital. Parir, siempre y cuando se trate de un embarazo sin complicaciones y de una madre sana, no es un acto peligroso. Si lo fuera, hace siglos que la raza humana se habría extinguido. Pero, desde luego, conviene siempre contar con la asistencia adecuada, bien sea un médico o una comadrona, y seguir sus recomendaciones.

Si contamos con esa ayuda de personas preparadas con las que nos sintamos en confianza, podemos dejarnos llevar por la sabiduría de nuestros cuerpos y confiar en que la llegada de nuestro bebé será la experiencia más poderosa que hayamos vivido jamás.