domingo, 20 de marzo de 2011

De médico a hombre del saco

Mónica Lalanda
Mónica Lalanda

Un comentario y una ilustración. Los 'post' de Mónica Lalanda, especialista de la unidad de Urgencias del Hospital General de Segovia, siempre tienen un objetivo claro: despertar conciencias.


Me lloran los niños, me ven y lloran como locos, a veces casi histéricos. Nunca antes me había pasado. Un conato de llanto se podía solucionar con un guante de látex con los ojos pintados en plan guiñol o inflado a manera de globo o un depresor de lengua con una carita sonriente. No se me resistía un niño; pero claro, esto era en Inglaterra. Resulta que aquí van y me lloran los condenados.

A ver si resulta que los niños ingleses van a ser más simpáticos... ¡Ni hablar! He tardado casi dos años en darme cuenta, muchas guardias, muchas conversaciones con colegas de otros hospitales, una observación constante a los comentarios de pacientes en los blogs médicos, las series de médicos españolas, los chats sociales… En fin, un lento analizar del entorno médico. ¿Por qué en España los niños lloran en cuanto entra el médico?



Urgencias es sin duda un sitio terrible para un niño. Primero, la espera. Desafortunadamente, todavía es corriente que los niños compartan sala de espera con los adultos en muchos centros sanitarios. Una sala llena de gente compungida, algún borracho, pacientes con goteros o con heridas... Sería lo que antiguamente llamábamos 'dos rombos', altamente inapropiados.

En muchos hospitales esperan por separado, pero nada más; nunca parece haber presupuesto para que esa sala pierda su aspecto aséptico y resulte agradable para una mente tierna. Los que manejan los hilos no tienen ni idea de la diferencia que puede hacer para la familia y para el niño que la sala de espera tenga un dibujo y cuatro juguetes. Ese tipo de cosas no se suele reflejar en ningún marcador de calidad.

Y luego está lo del uniforme. Existe una asociación que comienza casi desde que son bebés de que algo terrible va a pasar cuando aparece alguien de blanco. Acuérdense de los experimentos del perro de Paulov, por algo será, ¿no?

Yo fui durante años la única médico de urgencias en mi departamento con bata blanca (en Inglaterra no se usan) y les aseguro que la bata blancaen sí misma no hace llorar a nadie. Tampoco verán ustedes que los niños lloren cuando ven a un grupo de policías, de peluqueras o a las cajeras del Mercadona. Los uniformes, como tales, no dan miedo; pero el uniforme blanco sí, y esto parece que se lo ha ganado a pulso la clase sanitaria de este país. Sin embargo, no parece preocuparle a nadie. Pues a mí sí, oigan. Personalmente odio ver llorar a un niño y que lloren sólo con verme o asustarles, me supera.

La guinda la ponen algunos padres que refuerzan el terror de sus hijos con comentarios majaderos como “si no te dejas mirar los oídos, esta señora te pone una inyección” o “si no te callas, te dejo aquí y me voy”. ¿Y qué me dicen del repetido “es que a mi niño no le gustan los médicos”, seguro que nunca dicen “a mi niño no les gustan los ingenieros de caminos o los directores de banco”.Somos, el nuevo coco, el nuevo hombre del saco o el Lute que “salta de los trenes para robar niños". ¡Vamos anda, no me fastidies!

Pero sí, me temo que el nivel de crueldad que seguimos teniendo hacia los niños en el ambiente hospitalario lo justifica. El manejo de los niños en los hospitales sigue centrado en facilitar el trabajo eficiente de enfermera y médico, a costa de cualquier cosa, incluidos los derechos más fundamentales de los niños; uno de ellos, sentirse protegido.

Mandar a la madre (o padre) que se salga mientras se realiza un procedimiento invasivo a un niño es cruel, trasnochado e innecesario y por supuesto no beneficia al niño, que al fin y al cabo es lo único que importa. Hay ya algunos estudios de los serios que demuestran que los padres prefieren quedarse y los niños... la duda ofende (¡a los niños, claro!). Aquello de que “es que el niño está mas tranquilo” o “es que el padre seguro se marea” y cosas por el estilo esconden muchas veces inseguridades profesionales, falta de voluntad para dar explicaciones e incluso algo de falta de humanidad pues inmovilizar a un niño entre tres para realizar un procedimiento doloroso es mas cómodo sin testigos.

Cremas anestésicas antes de poner vías, sedación o analgesia efectiva para reducir fracturas o suturar heridas brillan por su ausencia con demasiada frecuencia en nuestros centros, así que si los padres se quedan fuera, pues mejor.

El personal sanitario debería realizar su trabajo sin complejos, sin nada que ocultar y dejar que los padres realicen también el suyo. Quizás con una mejor comunicación entre padres y profesionales, los del uniforme blanco podamos finalmente dejar de ser el coco-come-niños

1 comentario:

CONCHA dijo...

Totalmente de acuerdo. No he podido evitar ponerme de los nervios cuando he visto a alguien amenazar a una criatura con "ponerle una inyección o llamar al médico"... Y luego son los padres los que se lamentan de si los niños no se portan "bien".
¡Seamos coherentes, señoras! por el bien de los niños, básicamente, y por de los profesionales que los han de atender.
Gracias por la entrada.